jueves, 8 de abril de 2010

7.7. Que Dios te bendiga


                       

                       Cada mañana al salir de tu casa
dispuesto a empezar una nueva jornada,
pedile a Dios que ilumine
el camino por donde tú vayas.

Y en el trabajo, al volverte a encontrar con amigos,
que sea un encuentro feliz, con la alegría
por el nuevo día que van a vivir.

Cuando al final de esa nueva jornada,
empieces a andar el camino a tu casa,
con el deseo de ir al encuentro
de quienes te aguardan,
y con tu gente, rodeado de amor,
no te olvides de darle las gracias a Dios
por esas cosas que hacen
que la vida sea mucho mejor.

Que Dios te bendiga,
hermano del alma,
que seas feliz.

Que en cada cosa que vas a emprender
lleves en tu corazón la esperanza y la fe.
Que en tu camino no falte el amor;
que haya siempre un amigo.

Y por las noches, en una oración,
no te olvides de darle las gracias a Dios
por estas cosas que hacen
que la vida sea mucho mejor.


            Si elevamos el corazón, en silencio, recono cemos nuestro propio camino, el que Dios nos marca.  Descubrimos la actitud que debe guiarnos, y lo que debemos hacer.

            Este cara a cara con Dios nos lleva a cumplir nuestra responsabilidad personal ante el compromiso de cada momento.  A trabajar acá abajo,  manteniendo siempre la ilusión, abriendo nuestra senda, reaccionando ágilmente ante los tropiezos y dificultades.

            En la amistad más o menos consciente de Dios, crece nuestra dignidad lejos de toda fantasía, con un dinamismo propio que le devuelve el sentido a todo:  que hace amable lo difícil y posible lo imposible.