Aleluya, Aleluya,
por los poetas que nacen;
por las flores del camino;
por el beso de las madres,
por la sonrisa de un niño;
por la gente que se quiere,
por el agua de los ríos,
por tu hermano y por el mío.
Aleluya.
Aleluya, Aleluya,
por el canto de las aves,
por la ilusión de la gente,
por las madres que alumbraron,
por el amor que se siente,
por la pureza de un niño,
por la fe, por la alegría,
por la dicha del que ama,
por el pan de cada día.
Aleluya.
Aleluya, Aleluya,
por la esperanza del hombre
y por los campos sembrados.
Por aquellos que se sienten
en el mundo enamorados;
por la gente que se quiere;
por la libertad del hombre;
por tu hermano y por el mío.
Aleluya.
En esta alabanza a Dios, las ideas acuden a la mente en tropel y da la impresión de que se podría seguir indefinidamente alabando sin terminar nunca. Debe ser así, porque alabar a Dios es narrar sus maravillas —sustentadas en su amor—, que se multiplican prodigiosamente: porque son inagotables.
Dios es el único hacedor de maravillas, y si nos acostumbramos a reconocer que lo maravilloso alienta en las cosas más simples, no perderemos nunca nuestro rumbo y la esperanza de llegar al fin, con nuestros recursos multiplicados infinitamente.
La suavidad y sencillez de Jesús en su vida terrena y en la Iglesia reflejan estas cualidades de Dios, vivo y actuando en la creación y en la historia, que se hacen patentes.
Si sustituimos nuestro temor y nuestro egoísmo por aspiraciones nobles y generosas, las veremos cumplirse. Dios que creó todo de la nada, puede darnos todo lo que le pidamos si lo hacemos a conciencia. Se nos da Él mismo.
Dios se anonada: se oculta a nuestros ojos para no impedir nuestra libertad, pero no es por eso menos poderoso, y hace concurrir todas las cosas para nuestro bien.
De qué manera lo bueno reinará en el mundo cuando nosotros libremente lo apoyemos con nuestra oración y nuestro compromiso consciente, seguros del poderío real de Dios, que cantaremos.