Los hombres buscan el camino
donde el sol alumbre a todos por igual.
Y van buscando el camino
donde nadie pueda callar la verdad.
Hay muchos que dieron su vida,
que dieron su sangre por la libertad:
dejaron vivo el pensamiento;
nunca morirá.
No muere nunca la Palabra.
Mil veces la callan y vuelve a sonar.
Los hombres buscan el camino de la libertad.
Un nuevo día está naciendo.
Luces de esperanza vuelven a brillar.
Hay hombres allá en el silencio;
se durmieron muchos. Ya no lo verán.
Aquellos que dieron su vida,
que dieron su sangre por la libertad:
dejaron vivo el pensamiento;
nunca morirá.
No muere nunca la Palabra.
Mil veces la callan y vuelve a sonar.
Los hombres van hacia el camino de la libertad.
Todos los hombres tenemos la noción de un mundo sin tinieblas ni tensiones, luminoso y justo, sin engaños ni desengaños, al que está ordenada nuestra libertad.
Y aunque nos parezcan sueños imposibles, no lo son. Dios, que nos hizo a su imagen y semejanza, los grabó en nuestro corazón, para que los realicemos con su ayuda.
Nuestra capacidad de silencio y de contemplación, que los actualiza, constituye la libertad misma, fuente de nuestra dignidad: que enlaza nuestros destinos, nos hace responsables unos de otros, y nos hermana en la meta cierta de hacer brillar el bien y la verdad.
Porque Dios es fiel, y su Palabra invencible, quienes le consagran la vida a la realidad que les hace vislumbrar vencen en los fracasos. Y dan fruto en la medida de su amor, que —con la fuerza de Dios— se despliega totalmente en el dolor: hasta la muerte.
La huella que con su palabra y su ejemplo trazan —en la pequeña y en la gran historia—, perfila un camino sin sombras: que es prenda del mundo mejor que esperamos.