jueves, 8 de abril de 2010

4.6. El camino de la libertad



                        Los hombres buscan el camino
donde el sol alumbre a todos por igual.
Y van buscando el camino
donde nadie pueda callar la verdad.

Hay muchos que dieron su vida,
que dieron su sangre por la libertad:
dejaron vivo el pensamiento;
nunca morirá.

No muere nunca la Palabra.
Mil veces la callan y vuelve a sonar.
Los hombres buscan el camino de la libertad.

Un nuevo día está naciendo.
Luces de esperanza vuelven a brillar.
Hay hombres allá en el silencio;
se durmieron muchos.  Ya no lo verán.

Aquellos que dieron su vida,
que dieron su sangre por la libertad:
dejaron vivo el pensamiento;
nunca morirá.

No muere nunca la Palabra.
Mil veces la callan y vuelve a sonar.
Los hombres van hacia el camino de la libertad.



            Todos los hombres tenemos la noción de un mundo sin tinieblas ni tensiones, luminoso y justo, sin engaños ni desen­gaños, al que está ordenada nuestra libertad.


            Y aunque nos parezcan sueños imposibles, no lo son.  Dios, que nos hizo a su imagen y semejanza,  los grabó en nuestro corazón, para que los realicemos con su ayuda.

            Nuestra capacidad de silencio y de contemplación, que los actualiza, constituye la libertad misma, fuente de nuestra dignidad: que enlaza nues­tros destinos, nos hace­ res­­pon­sables unos de otros, y nos hermana en la meta cierta de hacer brillar el bien y la verdad.

            Porque Dios es fiel, y su Palabra invencible, quienes le consagran la vida a la realidad que les hace vislumbrar vencen en los fracasos.  Y dan fruto en la medida de su amor, que —con la fuerza de Dios— se despliega total­mente en el dolor:   hasta la muerte.
           
            La huella que con su pa­­­la­bra y su ejemplo trazan —en la pequeña y en la gran histo­ria—, perfila un camino sin sombras: que es prenda del mundo mejor que esperamos.