jueves, 8 de abril de 2010

5.5. Vamos con alegría



¡Vamos!
No tengas miedo
que allá en el cielo
un nuevo sol despierta ya.


¡Vamos!
Que hay un futuro:
también es tuyo,
y por él hay que luchar.
que allá en el cielo
un nuevo sol despierta ya.


¡Vamos!
Que hay un futuro:
también es tuyo,
y por él hay que luchar.


¡Vamos!
Que nuestros hijos
hoy nos reclaman
un mañana sin dolor.


¡Vamos con alegría!
Que nuestra guía
sea una luz de amor.


Vamos con alegría. ¡Vamos!
Que hay mucha gente
indiferente al dolor de los demás.


¡Vamos!
Que hay un camino hacia un destino
de justicia y de paz.


¡Vamos!
Reflexionemos y no dejemos
que nos venza la maldad.


¡Que nuestra guía sea el amor!

La conciencia es el ámbito de la libertad, que enciende en nuestro interior un horizonte de luz que en secreto nos habla de Dios y de nuestro destino.  Si nos dejamos iluminar, simplifica y potencia nuestras opciones, y aleja los miedos.

Del mismo modo que los perfiles dorados y translúcidos que bordean las nubes del horizonte cuando ama­­nece indican la presencia del sol que no vemos y anuncian la pleni­tud del día, este rescoldo interior señala una presen­cia real y anuncia una plenitud concreta.

Si no lo perdemos de vista, en algún mo­mento descu­bri­mos en este clarear a Cristo mismo, que con su al­ma con­­sus­­tan­­­­cial­­mente uni­da a la Pala­bra es modelo de nues­­tra co­­mu­­nión con Dios, y la fuente de amor por la que se realiza en nuestras al­mas: de modo con­sumado en la comunión eucarís­tica.

En cada sagrario el cielo se posa y se abre realmente en la tierra.  En forma de pan, Jesucristo nos reúne en la inti­midad perfecta de la mirada divina, que le da vida al mundo y a nuestros destinos, “aglutinando” el bien y la verdad.

En su casa terrena, Jesucristo nos escu­cha y nos habla, alivia nuestras fatigas y remedia nuestras penas, asociándo­nos a su misión, des­terrando miedos y recelos, con la eficacia del Rey, Médico, Maestro y Amigo que nos es.
           
El trato personal con Él nos familiariza con las viven­cias pro­di­giosas de su alma: su com­prensión de cada realidad huma­­na, su afán por comuni­carse y cambiar­las; su cariño por las tra­di­­­ciones de su pueblo, que lo anun­ciaban y lo anuncian.  Y las limi­­ta­­ciones que se im­ponía y que se impone  —por respeto a nues­­­tra libertad, la de cada hombre, que viene a resca­tar— para afirmar su presen­cia úni­ca­mente con la grandeza de su amor infinito: que vence al ser inmolado.





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