¡Vamos!
No tengas miedo
que allá en el cielo
un nuevo sol despierta ya.
¡Vamos!
Que hay un futuro:
también es tuyo,
y por él hay que luchar.
que allá en el cielo
un nuevo sol despierta ya.
¡Vamos!
Que hay un futuro:
también es tuyo,
y por él hay que luchar.
¡Vamos!
Que nuestros hijos
hoy nos reclaman
un mañana sin dolor.
¡Vamos con alegría!
Que nuestra guía
sea una luz de amor.
Vamos con alegría. ¡Vamos!
Que hay mucha gente
indiferente al dolor de los demás.
¡Vamos!
Que hay un camino hacia un destino
de justicia y de paz.
¡Vamos!
Reflexionemos y no dejemos
que nos venza la maldad.
¡Que nuestra guía sea el amor!
La conciencia es el ámbito de la libertad, que enciende en nuestro interior un horizonte de luz que en secreto nos habla de Dios y de nuestro destino. Si nos dejamos iluminar, simplifica y potencia nuestras opciones, y aleja los miedos.
Del mismo modo que los perfiles dorados y translúcidos que bordean las nubes del horizonte cuando amanece indican la presencia del sol que no vemos y anuncian la plenitud del día, este rescoldo interior señala una presencia real y anuncia una plenitud concreta.
Del mismo modo que los perfiles dorados y translúcidos que bordean las nubes del horizonte cuando amanece indican la presencia del sol que no vemos y anuncian la plenitud del día, este rescoldo interior señala una presencia real y anuncia una plenitud concreta.
Si no lo perdemos de vista, en algún momento descubrimos en este clarear a Cristo mismo, que con su alma consustancialmente unida a la Pala bra es modelo de nuestra comunión con Dios, y la fuente de amor por la que se realiza en nuestras almas: de modo consumado en la comunión eucarística.
En cada sagrario el cielo se posa y se abre realmente en la tierra. En forma de pan, Jesucristo nos reúne en la intimidad perfecta de la mirada divina, que le da vida al mundo y a nuestros destinos, “aglutinando” el bien y la verdad.
En su casa terrena, Jesucristo nos escucha y nos habla, alivia nuestras fatigas y remedia nuestras penas, asociándonos a su misión, desterrando miedos y recelos, con la eficacia del Rey, Médico, Maestro y Amigo que nos es.
El trato personal con Él nos familiariza con las vivencias prodigiosas de su alma: su comprensión de cada realidad humana, su afán por comunicarse y cambiarlas; su cariño por las tradiciones de su pueblo, que lo anunciaban y lo anuncian. Y las limitaciones que se imponía y que se impone —por respeto a nuestra libertad, la de cada hombre, que viene a rescatar— para afirmar su presencia únicamente con la grandeza de su amor infinito: que vence al ser inmolado.