¡Silencio! ¡que hasta el viento se detenga!
Ya atrás del cementerio se va el sol.
¡Silencio! que la fosa que se cava
es para un pobre labrador.
¡Silencio! Que el arado está llorando;
la tarde se vistió con su dolor.
Allá, donde se va a dormir el viento,
también se fue a dormir un labrador.
La cruz que le pusieron de madera,
él mismo con sus manos la talló.
La tierra, que ya cubre su pobreza,
también está llorando al labrador.
La tierra está perdiendo sus raíces;
se pudre la semilla de la flor.
¡Silencio!, porque el trigo está llorando
la muerte de este viejo labrador.
La escena, traspasada de silencio, nos recuerda que cada hombre al morir se encuentra con su propio misterio frente a Dios. Es el destino de todos y no nos deja indiferentes.
Pero el impacto se redobla al entender que también el largo día del hombre-labrador, forjador de las culturas clásicas, desapareció ante nuestros ojos desprevenidos. Y nos dejó un mundo cambiado.
Las soluciones fáciles de hoy ocultan sus procesos y se presentan como mágicas. Su inmediatez y su profusión las despojan de su sentido, y arrasan la ilusión y la esperanza. En cambio, la agricultura es modelo de todo trabajo inteligente, y nos invita a mirar lejos: a sacar los ojos de las cosas, y a ponerlos en su esencia.
Paradójicamente —a pesar de la diversidad y de la profundidad de la información que manejamos—, nuestra visión del mundo se acorta, y fomenta el aire de triunfo que adopta el error en nuestra época.