jueves, 8 de abril de 2010

4.3. Silencio para un labrador


¡Silencio!  ¡que hasta el viento se detenga!
Ya atrás del cementerio se va el sol.
¡Silencio! que la fosa que se cava
es para un pobre labrador.

¡Silencio! Que el arado está llorando;
la tarde se vistió con su dolor.
Allá, donde se va a dormir el viento,
también se fue a dormir un labrador.

La cruz que le pusieron de madera,
él mismo con sus manos la talló.
La tierra, que ya cubre su pobreza,
también está llorando al labrador.

La tierra está perdiendo sus raíces;
se pudre la semilla de la flor.
¡Silencio!, porque el trigo está llorando
la muerte de este viejo labrador.


            La escena, traspasada de silencio, nos recuerda que cada hombre al morir se encuen­tra con su propio miste­rio frente a Dios.  Es el destino de todos y no nos deja indife­ren­tes.

Pero el impacto  se redobla al entender que también  el largo día del hombre-labrador, forjador de las cultu­ras clásicas, desapareció ante nuestros ojos desprevenidos.  Y nos dejó un mundo cambiado.

  Las soluciones fáciles de hoy ocultan sus procesos y se presentan como mágicas. Su inme­dia­tez y su profu­sión las despojan de su sentido, y arrasan la ilu­sión y la esperanza.  En cambio, la agricultura es modelo de todo trabajo in­te­li­gente, y nos invita a mirar lejos:   a sacar los ojos de las cosas, y a ponerlos en su esencia.

            Paradójicamente —a pesar de la diversidad y de la pro­fun­­didad de la información que maneja­mos—, nuestra visión del mundo se acorta, y fomenta el aire de triunfo que adopta el error en nuestra época.