Creo en Dios
como creo en la amistad y en el amor.
Como creo en el camino,
en el hombre, en el destino,
más allá de todo, creo en Dios.
Creo en Dios
como creo en la lluvia y en el sol,
como creo en la mañana, en el viento,
en la montaña,
más allá de todo creo en Dios.
Yo creo en Dios
más allá de mi alegría y
también del dolor.
Yo creo en Dios,
y no sé si muchas veces
yo merezco su amor.
Creo en Dios
como creo en los hijos y en el sol.
Como creo en el consuelo,
en la tierra y en el cielo;
más allá de todo creo en Dios.
Cuando la imagen de Dios, que late en nuestro interior, por encima de todo conocimiento, toma vida en nosotros, nos hacemos sensibles a su presencia: nos reconocemos a nosotros mismos y a todo lo nuestro bajo su luz.
De este modo oímos el mensaje de las criaturas y la voz de la conciencia, y alcanzamos la certeza de la existencia de Dios, causa y fin de todo.
Sabemos que Dios, nuestro Padre, está presente en nosotros, que vivimos bajo su mirada, y aunque nos apartemos de sus consejos, que nos interpelan, por la humildad reconocemos su faz verdadera, que es la del amor, reconociendo nuestra indignidad y la gratuidad de sus dones.