Son tres alegrías que andan por la casa.
Son tres inocencias, son tres esperanzas.
Tres gritos me nombran cada vez que llego.
Tres besos que vienen corriendo a mi encuentro.
Son tres que me abrazan. Tirado en el suelo
yo vuelvo a ser niño, inventando juegos.
Cuando yo me muera, me iré murmurando
que gracias a ellos no he vivido en vano.
¡Ay de esa mujer,
madre de los tres
y de mi alegría!
Ella enciende el sol
que nos da el calor
de todos los días.
Ella es como el agua
clara de los ríos.
Es como la tierra
que fecunda el trigo.
Son tres que mañana se irán por el mundo,
cada cual buscando su propio futuro,
y llevarán con ellos por cualquier camino
el amor que siempre ella y yo les dimos.
Los hijos que llegan participan de la dulzura de su casa y la transforman. Las prioridades se renuevan, y se inclinan hacia ellos.
La plasticidad y la firmeza del amor de su esposa hacen luminoso y alegre el clima familiar. Cálida y refrescante, sólida y transparente a la vez, ella es luz y sustancia del hogar, creadora de vida y de unidad.
Cuando sus hijos crezcan serán hombres libres que llevarán grabada en el corazón la huella del amor de sus padres, que será su fortuna.
Por encima de cualquier otra, esta misión compartida que es el sueño de su vida, la llena de sentido.