Me aburren aquellas cosas
que se hacen por costumbre.
Me gusta estar en la cumbre
y correr por la llanura.
Y al Señor de las alturas
pedirle una explicación,
porque no encuentro razón
para que un niño llore de hambre.
El niño con su inocencia
El pobre con su pobreza
El rico con su riqueza
Y el rebelde con su causa.
Me aburren las mismas calles,
me aburre la misma gente;
quiero andar como anda el viento
por caminos diferentes.
Quiero abrir otras ventanas,
quiero cerrar otras puertas.
Quiero saber de otra gente,
cómo vive, cómo siente.
La exasperación del rebelde que lo apremia no culmina en desesperación.
Ante el desgarramiento del mundo, que se profundiza, el pensamiento se vuelve a Dios, y no resulta irreverente sino necesario pedirle explicaciones.
El diálogo con Dios surge espontáneamente ante el dolor: es oración, que en el silencio de la vida interior nos calma y nos alerta contra la rutina y las vanas simplificaciones.
Nos mueve a reconocer las cosas como son, de veras, a examinar todo exhaustivamente, con la agilidad del espíritu, variando el enfoque de las situaciones, para determinar perspectivas válidas y desechar las que no lo sean.