jueves, 8 de abril de 2010

2.4. Veo a Dios




En cada hombre que sufre,
en las madres que amamantan,
en la tierra que florece,
en los pájaros que cantan,
veo a Dios.

Veo a Dios
en el beso de una madre,
en el viento, en el agua,
en la sonrisa de un niño,
en la gente enamorada.

Veo a Dios en las cosas
más pequeñas de la vida;
veo a Dios en lo dulce
de tus ojos cuando miras.

Veo a Dios porque vivo
simplemente enamorado;
porque estás siempre a mi lado,
yo veo a Dios.

Veo a Dios
en los montes, en los ríos,
en la calle de () casa;
en la lluvia, en las estrellas,
por los lugares que pasas,
veo a Dios.


            El amor afina y extiende su percepción.

            Pero es por la voluntad decidida de ese amor, irrevocable,  que tiene acceso a un mundo transfi­gu­rado, donde la evi­den­cia de Dios es cons­tante, aun en el dolor, que —por con­traste— lo revela plena­mente.

Una aspiración tan natural como el amor conyugal alcanza lo sobrenatural a través del yugo —suave— que lo define, que supera lo sensible, y lo convierte en imagen del amor de Dios:  que no disminuye nuestra libertad cuando se la ofrendamos, sino que la configura y la impulsa.