En cada hombre que sufre,
en las madres que amamantan,
en la tierra que florece,
en los pájaros que cantan,
veo a Dios.
Veo a Dios
en el beso de una madre,
en el viento, en el agua,
en la sonrisa de un niño,
en la gente enamorada.
Veo a Dios en las cosas
más pequeñas de la vida;
veo a Dios en lo dulce
de tus ojos cuando miras.
Veo a Dios porque vivo
simplemente enamorado;
porque estás siempre a mi lado,
yo veo a Dios.
Veo a Dios
en los montes, en los ríos,
en la calle de () casa;
en la lluvia, en las estrellas,
por los lugares que pasas,
veo a Dios.
El amor afina y extiende su percepción.
Pero es por la voluntad decidida de ese amor, irrevocable, que tiene acceso a un mundo transfigurado, donde la evidencia de Dios es constante, aun en el dolor, que —por contraste— lo revela plenamente.
Una aspiración tan natural como el amor conyugal alcanza lo sobrenatural a través del yugo —suave— que lo define, que supera lo sensible, y lo convierte en imagen del amor de Dios: que no disminuye nuestra libertad cuando se la ofrendamos, sino que la configura y la impulsa.