Le canto a la vida, le canto al amor.
Le canto a la lluvia, también le canto al sol.
Les canto a los campos cuando al florecer,
tienen la frescura del amanecer.
Voy por el mundo cantando mis canciones.
Son las canciones que nacen del amor.
Siempre estoy enamorado.
Enamorado, enamorado del amor.
Les canto a los niños, les canto a las flores,
le canto a la gente canciones de amor.
Le canto al amigo, y le canto a Dios;
les canto a las madres, su tierna canción.
Voy por el mundo cantando mis canciones.
Son las canciones que nacen del amor.
Siempre estoy enamorado.
Enamorado, enamorado del amor.
Les canta a la vida y al amor, que se entrelazan en todas las alternativas de la existencia humana.
El amor que lo enamora es el amor de Dios: fuente del amor que da vida, y nos hace penetrar en su esencia, que es esa misma vida.
Porque viene de Dios y se dirige a Él, el amor traspasa el límite entre lo visible y lo invisible, y nos abre un panorama donde lo grande se revela en lo pequeño, lo prodigioso en lo natural, lo espiritual en lo material.
Las realidades que esconden promesas de plenitud, como la maternidad, la infancia, el amanecer y los campos florecidos, o expresan la consonancia de las cosas, como la lluvia y el sol —que se combinan para sustentar la vida— inspiran su canto, que proclama la armonía.