El que siembra amor
cosecha alegría,
siempre recoge una flor.
En tus manos hay semillas,
en tus ojos agua y sol,
tu palabra es el espacio
para sembrar el amor.
Una luz siempre se encuentra
al que se quiere guiar
para andar por el camino
donde hay amor y paz.
El camino no es difícil
para llegar al amor,
pero muchos se equivocan:
van derecho hacia el dolor.
Siempre habrá una esperanza,
nos alumbra el mismo sol,
todos tienen el derecho
para cultivar su flor.
El amor pone agua y sol en nuestros ojos: limpia nuestra mirada, y enciende la conciencia.
Así, la razón preside y juzga los mensajes que le envían los sentidos: los sujeta a la verdad, que alumbra nuestra memoria y nuestros proyectos, como semilla que se implanta.
En adhesión amorosa, filial, nuestra vida se impregna del contenido de esa mirada y de su sentido; y sus frutos se difunden en palabras y obras con creciente coherencia.
Con la consiguiente alegría, desde el fondo de la conciencia personal, el amor ilumina la conciencia colectiva.