No tengo nada,
y tampoco me preocupo por tener,
porque mañana sabe Dios
en qué lugar me encontraré.
No tengo nada, y sin embargo
sigo andando por el mundo,
porque andando soy feliz.
Así he nacido. Vivo así.
Y moriré sin tener nada.
Nada. Nada. Nada.
Soy amigo de la luna:
Ella sabe de mi andar.
Las estrellas muchas veces
escucharon mi canto...
No tengo nada.
Tiene plena conciencia de que todo lo que posee es recibido; no se siente dueño de nada.
En las noches de la más completa indigencia disfrutó su libertad porque no había puesto su corazón en las cosas. No se atará ahora a ellas ni las perseguirá.
Por mucho que han cambiado las condiciones de su vida, él sigue andando y definiéndose rotundamente como pobre, más allá de cualquier apariencia, hasta la muerte.
Se siente constantemente en las manos de Dios, quien solo sabe adónde lo lleva.
Su corazón entona siempre el mismo canto.