jueves, 8 de abril de 2010

5.1. Fue muerto y crucificado



Fue muerto, y crucificado,
y sólo para salvar
al mundo que hoy se olvida
de toda su bondad.

No quiso la violencia.
Él enseñó a querer.
Él predicó justicia, y
hoy se hace todo al revés.

Fue mucho lo que enseñó,
y es poco lo que aprendimos.
Quizás porque nunca vimos
todo lo que Él nos dio.

Él nos marcó el camino
donde encontrar amor,
y hoy sólo se camina
por donde va el dolor.



                 Al rechazar la Palabra de Dios, el primer hombre y la primera mujer se encontraron de pronto con el espí­ritu sujeto y dependiente de la materia, lejos de Dios, con la razón en tinieblas, igual que el mundo circundante.   El paso de Jesús por la tierra tuvo el efecto contrario.   

            Porque, siendo un hombre como nosotros, su concien­cia es la de Dios mismo —no a su imagen como la nuestra—, la Palabra de Dios surge de su  propia fuente en su voz y en sus ges­­tos.  Al aceptar la voluntad del Padre, superando toda tentación, hasta la muer­te en la Cruz, nos muestra el camino y lo allana.

            La razón y el mundo se abren a la luz del bien, que asumido sin fisuras por un corazón humano, se hace posible a los corazones de todos los hombres, sin límites de tiempo ni de espacio, y nos permite alcanzar la verdad.

­            Con la potencia del increado creador de  la vida, Jesús nos de­vuelve, con su Resurrección y la Eucaristía,  el ho­ri­­zonte de paz y de jus­ti­cia, de pu­re­­za y de miseri­­cordia, que es lugar de nuestro encuentro per­sonal con Dios y con los hom­bres, que estaba anulado bajo el dominio de la carne y de los sentidos.