Fue muerto, y crucificado,
y sólo para salvar
al mundo que hoy se olvida
de toda su bondad.
No quiso la violencia.
Él enseñó a querer.
Él predicó justicia, y
hoy se hace todo al revés.
Fue mucho lo que enseñó,
y es poco lo que aprendimos.
Quizás porque nunca vimos
todo lo que Él nos dio.
Él nos marcó el camino
donde encontrar amor,
y hoy sólo se camina
por donde va el dolor.
Porque, siendo un hombre como nosotros, su conciencia es la de Dios mismo —no a su imagen como la nuestra—, la Palabra de Dios surge de su propia fuente en su voz y en sus gestos. Al aceptar la voluntad del Padre, superando toda tentación, hasta la muerte en la Cruz , nos muestra el camino y lo allana.
La razón y el mundo se abren a la luz del bien, que asumido sin fisuras por un corazón humano, se hace posible a los corazones de todos los hombres, sin límites de tiempo ni de espacio, y nos permite alcanzar la verdad.
Con la potencia del increado creador de la vida, Jesús nos devuelve, con su Resurrección y la Eucaristía , el horizonte de paz y de justicia, de pureza y de misericordia, que es lugar de nuestro encuentro personal con Dios y con los hombres, que estaba anulado bajo el dominio de la carne y de los sentidos.