No me encuentro, no me encuentro;
no me puedo hallar.
Con los ojos de mi alma,
ya no puedo, no puedo mirar.
Soy un pobre vagabundo,
¿Dónde iré a parar?
Pasa el tiempo y no me encuentro,
no me encuentro; no me puedo hallar.
Tengo el alma adormecida
de tanto llorar.
Muchas veces me pregunto,
me pregunto: ¿Dios dónde estará?
Por las noches yo me abrigo
con mi soledad.
Los caminos son testigos:
muchas veces me vieron llorar.
Sabe Dios en qué camino
yo me iré a morir.
Tengo ganas muy cansadas,
muy cansadas, no puedo seguir…
Soy un pobre vagabundo.
¿Dónde iré a parar?
Pasa el tiempo y no me encuentro,
no me encuentro; no me puedo hallar.
Las contradicciones que ponen a prueba sus sueños personales le adormecen el alma, y le cuesta mirar con sus ojos.
Pero las preguntas que acaparan su atención demuestran la actividad de la conciencia, y la proximidad de Dios, que las suscita. La soledad lo arropa.
Aún así, la sensación de vacío y de oscuridad se produce porque nuestros ojos resisten la información de los ojos del alma, que desplaza —encaminándola— la propia.
El amor resuelve el conflicto, porque modera la reacción de los sentidos: para que lo invisible informe a la razón sobre las cuestiones que están planteadas.
de la conciencia