Si seguimos viviendo con odio y rencor,
a este mundo ya nadie lo salva.
Si a las cosas la gente no les pone amor,
a este mundo ya nadie lo salva.
Por eso, ¡vamos!, hermano del alma,
busquemos la calma, la dicha perdida,
porque podemos cambiar el destino,
buscando un camino de amor y de paz.
Si dejamos de oír la palabra de Dios,
a este mundo ya nadie lo salva.
Si seguimos sembrando tan sólo dolor,
a este mundo ya nadie lo salva.
¡Reflexionemos! ¡que estamos a tiempo!
Mirando al cielo, ¡busquemos a Cristo!
Sin egoísmo, con amor profundo,
salvemos al mundo de su destrucción.
Que los hombres pudiéramos destruir a la humanidad hubiera sido impensable en otras épocas; pero hoy es una posibilidad real, que reclama y profundiza nuestra reflexión.
Alcanzamos este día nuevo de la historia porque sabemos reconocer el orden de las cosas y su finalidad. Pero sin la mirada compasiva, que nos permite querer el bien de todos, en los asuntos humanos la verdad se desgrana y pierde su evidencia. La impotencia que nos turba ante la sinrazón del mundo con su carga de adversidad promueve el silencio que integra y esclarece: que es la libertad misma, fundamento de la verdad.
De hecho, la verdad y el bien son los fines —convergentes— de la razón y de la voluntad. El movimiento de la mente hacia la verdad requiere en los temas humanos el movimiento del alma hacia el bien.
La resurrección de Jesucristo, en forma invisible a nuestros ojos, lo hace posible: el bien es una ventana al cielo, o un retazo de cielo en la tierra. Si lo reconocemos, y empezamos a buscar en cada cosa conscientemente la voluntad de Dios, propiciaremos un mundo mejor: que sólo vendrá de este modo.