jueves, 8 de abril de 2010

4.7. Salvemos al mundo



S
i seguimos viviendo con odio y rencor,
a este mundo ya nadie lo salva.
Si a las cosas la gente no les pone amor,
a este mundo ya nadie lo salva.

Por eso, ¡vamos!, hermano del alma,
busquemos la calma, la dicha perdida,
porque podemos cambiar el destino,
buscando un camino de amor y de paz.

Si dejamos de oír la palabra de Dios,
a este mundo ya nadie lo salva.
Si seguimos sembrando tan sólo dolor,
a este mundo ya nadie lo salva.

¡Reflexionemos! ¡que estamos a tiempo!
Mirando al cielo, ¡busquemos a Cristo!
Sin egoísmo, con amor profundo,
salvemos al mundo de su destrucción.  


            Que los hombres pudiéramos destruir a la humanidad hubiera sido impensable en otras épocas; pero hoy es una posibilidad real, que reclama y profundiza nues­­­tra re­flexión.

            Alcanzamos este día nuevo de la historia porque sabemos reconocer el orden de las cosas y su finalidad.   Pero sin la mirada compasiva, que nos permite querer el bien de todos, en los asuntos humanos la verdad se des­grana y pierde su evidencia.  La impotencia que nos turba ante la sin­ra­zón del mundo con su carga de adver­sidad promueve el silencio que integra y escla­rece: que es la libertad misma, fundamento de la verdad. 

            De hecho, la verdad  y el bien son los fines —con­­ver­gen­tes— de la razón y de la voluntad.  El movimiento de la mente hacia la verdad requiere en los temas humanos el movi­miento del alma hacia el bien. 

            La resu­rrec­ción de Jesucristo, en forma invisible a nuestros ojos, lo hace posible:  el bien es una ventana al cielo, o un retazo de cielo en la tierra.  Si lo reconocemos, y empezamos a buscar en cada cosa conscientemente la voluntad de Dios, pro­pi­­cia­­remos un mundo mejor:  que sólo ven­drá de este modo.