Junté mis cosas una noche
de aquel rincón que fue mi hogar,
les di un abrazo a mis amigos
y después…
con la mañana me eché a andar.
Busqué la luz de los caminos,
donde creció mi dignidad,
y los recuerdos me ayudaron a calmar
noches de frío y soledad.
Salí a buscar mi destino
y luché sin descansar.
Yo tuve a Dios como amigo
en mi largo andar.
Yo fui creciendo como el trigo,
bajo la lluvia, bajo el sol,
y en una esquina de la vida descubrí
toda la magia del amor.
Hoy que recuerdo mi pasado,
junto a los hijos en mi hogar,
le doy las gracias a la vida porque
al fin llegué donde quise llegar.
Sale de su casa con un sueño en el alma, y no lo descuida; no entrega su corazón a nada que lo aparte de él.
En el recogimiento de la vida interior, la razón se independiza del rigor de las situaciones y los deseos de su alma iluminan su memoria y sus proyectos.
Su voluntad sustenta esta claridad, y la firmeza que le da a su determinación hace crecer su dignidad: como crece el trigo, bajo la lluvia y bajo el sol.
Así se desarrolla su amistad con Dios, que es quien enciende y alienta los sueños del alma, y dispone los acontecimientos para que se cumplan.