¿Qué importa la raza, qué importa el color?
¡Si somos hermanos: que viva el amor!
Cuando un niño se sonríe
y veo que nada sabe de maldad,
pienso que la vida es linda,
recuerdo mi canto y me pongo a cantar:
¿Qué importa la raza, qué importa el color?
¡Si somos hermanos: que viva el amor!
Cuando pienso que la vida nos dura muy poco,
que pronto se va,
no comprendo cómo hay gente que vive
peleando,
en vez de cantar:
¿Qué importa la raza, qué importa el color?
¡Si somos hermanos: que viva el amor!
Cuando veo una pareja que va
de la mano, hablando de amor,
pienso que tal vez un día todos cantarían
también mi canción:
¿Qué importa la raza, qué importa el color?
¡Si somos hermanos: que viva el amor!
La vida de recogimiento y el gozo espiritual hacen algo más que volvernos más afectuosos e indulgentes: crean y sostienen en nuestro espíritu un acorde afinado que le permite vibrar en armonía con lo divino en todo aquello en donde éste se haga oír. Es el mismo Dios, viviente en nosotros, que encuentra a Dios en nuestro prójimo y le sonríe.
La profunda visión de la realidad que discierne a Dios como padre de todos los hombres, providente y amoroso, pendiente de cada uno de nuestros pasos y en permanente comunicación con nosotros, desemboca necesariamente en un perfecto y contagioso optimismo.
Ante la sencillez del niño y el amor sincero del hombre y de la mujer, que son signos de la maravillosa predisposición del hombre para la libertad, y de su capacidad para perfeccionarla, no parece prematuro entonar ya un canto de amor universal, recordando que el tiempo es corto y que todos somos herederos de los mismos infinitos bienes.
No podemos dejar que la diversidad de razas, de culturas, de formas de opinión y de expresión que enriquecen el patrimonio común de los hombres dificulte nuestra unidad, y lo lograremos si somos capaces de conjugar todo en una visión de nosotros mismos acorde a la verdad de nuestro ser.