No hay que aflojarle a la vida
cuando te trate mal.
Nunca te des por vencido.
Jamás. Jamás.
No hay que aflojarle a la vida
aunque te cueste llorar.
No te des por derrotado,
Jamás. Jamás.
Uno tiene que pelear
por todo lo que quiere,
y hasta el día en que uno muere
tiene que luchar.
No hay que aflojarle a la vida.
Todo es cuestión de luchar.
Y no dejar que te pisen.
Jamás. Jamás.
Uno tiene que pelear
por todo lo que quiere,
y hasta el día que uno muere
tiene que luchar.
No hay que aflojarle a la vida.
Y cuando te trate mal,
nunca te des por vencido.
Jamás. Jamás.
A veces la realidad parece confabularse contra nuestras aspiraciones más personales, que hemos visto a la luz de la fe. La realidad nos oprime y tenemos la sensación de estar estancados sin remedio desde siempre y para siempre.
En esos momentos no tenemos que ceder a la tentación de perder la esperanza, olvidando nuestro fin. Nuestros sufrimientos se agravan por la rebelión, por nuestra falta de silencio y de disponibilidad en los momentos de dolor.
En definitiva los desengaños y dificultades serán los que les darán valor a nuestros ideales, y nos permitirán recapitular y capitalizar todos los esfuerzos previos.
Nos costará quizás muchas lágrimas, pero debemos perseverar hasta el fin, sin aflojar nunca, como un elástico nuevo, porque esa “resiliencia”, que es sencillez, nos convierte indefectiblemente en autores de nuestra alegría.