jueves, 8 de abril de 2010

7.3. No hay que aflojarle a la vida



No hay que aflojarle a la vida
cuando te trate mal.
Nunca te des por vencido.
Jamás. Jamás.

No hay que aflojarle a la vida
aunque te cueste llorar.
No te des por derrotado,
Jamás. Jamás.

Uno tiene que pelear
por todo lo que quiere,
y hasta el día en que uno muere
tiene que luchar.

No hay que aflojarle a la vida.
Todo es cuestión de luchar.
Y no dejar que te pisen.
Jamás. Jamás.

Uno tiene que pelear
por todo lo que quiere,
y hasta el día que uno muere
tiene que luchar.

No hay que aflojarle a la vida.
Y cuando te trate mal,
nunca te des por vencido.
Jamás.  Jamás.

            A veces la realidad parece confabularse contra nues­tras aspi­raciones más personales, que hemos visto a la luz de la fe. La realidad nos oprime y tenemos la sensa­ción de estar estancados sin reme­dio desde siempre y para siempre.

                En esos momentos no tenemos que ceder a la tentación de perder la esperanza, olvidando nuestro fin.  Nuestros sufrimientos se agravan por la rebelión, por nuestra falta de silencio y de disponibilidad en los momentos de dolor.

            En definitiva los desengaños y dificultades serán los que les darán valor a nuestros ideales, y nos permitirán reca­pitular y capitali­zar todos los esfuerzos previos.

            Nos costará quizás muchas lágrimas, pero debemos per­severar hasta el fin, sin aflojar nunca, como un elás­tico nuevo, porque esa “resiliencia”, que es sencillez, nos convierte indefectiblemente en autores de nuestra alegría.