jueves, 8 de abril de 2010

5.3. Dios está triste



Dios está muy triste.
La culpa es de todos.

¡Dios está muy triste!
¡Se contagia el odio
en los hombres del mundo!
¡Crece día a día la pena, el dolor!

Dios está muy triste.
La culpa es de todos.
¡Necesita el mundo un poco de amor!

¡Que recen todos los hombres del mundo!
¡Que rece el rico! ¡que rece el ciego!
¡Que rece el blanco! ¡que rece el negro!
¡Recemos todos el nombre de Dios!

Dios está muy triste.
La culpa es de todos.

¡Tanta indiferencia y cuánto dolor!
¡Se contagia el odio
en los hombres del mundo!
¡Necesitan todos un poco de amor!

¡Que recen todos los hombres del mundo!
¡Que rece el rico! ¡que rece el ciego!
¡Que rece el blanco! ¡que rece el negro!
¡Recemos todos el nombre de Dios!


            Dios, creador del Universo, no es un ser anóni­mo, des­­cono­cido o lejano:   el "Padre Nuestro", que resuena, nos lo recuerda.  Esta oración resume el Evangelio, y contiene la totalidad del mensaje divino, declarado a todos los hombres, según la promesa hecha a Abraham.

            La tristeza de Dios es la del padre del Hijo Pródigo: que ve nuestro sufrimiento a causa del aban­do­no que hacemos de Él, que nos ha hecho capaces de com­par­tir su mirada y su felicidad infinita.

            En Jesucristo, la religión no es una búsqueda de Dios a tien­tas: es respuesta personal a Dios que se manifiesta, deseoso de transmitirnos la abundancia de su vida.  El nos llama y nosotros le respondemos.  El nos nombra y nosotros Lo nombramos.

            El sacrificio de Cristo  tiene el poder de abrirnos el corazón y la mente: porque nos abre las puertas del Cielo, uno a uno.  Identificándonos con su Pala­bra, participamos —como hijos— en la propia visión que tiene Dios de Sí mismo:   que es su felicidad y la nuestra.

            Reconocer a Dios como Padre providente, que nos brinda un camino seguro y personal que nos devuelve a casa —herma­na­dos— es remedio efectivo contra la indife­rencia; dilu­ye el odio y los vanos en­fren­­­tamientos, y dismi­nuye las penas de este mundo, acer­cándolo al querer del Padre.

            Todos los hombres de todos los pueblos, en cualquier situación personal, estamos llamados por igual a vivir desde ya una íntima relación filial con nuestro Padre Dios, que en plegaria confiada  haga universal la alabanza y la esperanza.