Todas las mañanas
le agradezco a Dios
porque me acompaña
siempre donde voy,
por donde yo voy.
Porque tengo un beso
en cada despertar;
porque tengo amigos,
porque puedo andar.
Porque tuve fuerzas
para levantarme
cuando me caía.
Porque fuiste guía en
mi oscuridad.
Todas las mañanas
le agradezco a Dios
porque en mi camino
siempre tuve amor.
Lo reconoce como único sostén de todo: dentro y fuera de él.
El matrimonio, los amigos, su capacidad de moverse y de hacer, el amor que ha disfrutado siempre, sus propias disposiciones interiores: todo lo siente como recibido de Dios; no se apropia nada.
Sabe que lo tiene siempre cerca. Y le da gracias cada día, sin demora.