Tiene triste la mirada;
con sus manos lastimadas,
que no dejan de sangrar.
Él sembró todas las flores.
Tiene muchos familiares.
Tiene tierras, tiene mares,
pero vive en soledad.
Le llaman Jesús.
Cada vez está más solo.
Sus hermanos lo olvidaron.
Sin querer lo lastimaron,
y hoy se muere de dolor.
Ya cumplió más de mil años
y parece siempre un niño.
A Él, que dio tanto cariño,
hoy le niegan el amor.
Todos presentimos la riqueza que encierra el nombre de Jesús, que nos salva; que está sobre todo nombre; que en occidente divide a la historia en Antes y Después, y la surca desde hace dos mil años con su presencia palpitante, que se manifiesta de lleno en la fiesta del Domingo.
En cada misa lo acompañamos misteriosamente en el Calvario, y de allí se nos llega cada día como pan vivo: que nos comunica su propia vida. Todo lo bueno, bello y noble que hay en los hombres y en el mundo proviene de esa poderosa raíz, pascual, que le devuelve su vitalidad —su coherencia— a lo humano.
Injertándose en nuestras vidas por los sacramentos, a los cristianos nos asocia directamente a su propia misión de informar y de vivificar al mundo en la verdad y en el amor.
En lo más íntimo de su vida sacrificada, despojado en nuestras manos, el Hijo del Hombre acompaña —encauzándola— la tragedia humana: en agonía que se alivia cada vez que, unidos a su misterio, aprendemos a mirar con sus ojos, y a llamarlo por su nombre.
http://www.vatican.va/archive/ESL0022/_P17.HTM#2FI