jueves, 8 de abril de 2010

5.2. Le llaman Jesús


Hay un hombre que está solo.
Tiene triste la mirada;
con sus manos lastimadas,
que no dejan de sangrar.

Él sembró todas las flores.
Tiene muchos familiares.
Tiene tierras, tiene mares,
pero vive en soledad.

Le llaman Jesús.
Cada vez está más solo.
Sus hermanos lo olvidaron.
Sin querer lo lastimaron,
y hoy se muere de dolor.

Ya cumplió más de mil años
y parece siempre un niño.
A Él, que dio tanto cariño,
hoy le niegan el amor.


Todos presentimos la riqueza que encierra el nombre de Jesús, que nos salva; que está sobre todo nombre; que en occidente divide a la his­toria en Antes y Des­pués, y la surca desde hace dos mil años con su presencia palpitante, que se manifiesta de lleno en la fiesta del Domingo.

En cada misa lo acom­pa­ñamos mis­te­rio­sa­mente en el Cal­vario, y de allí se nos llega cada día como pan vivo: que nos comu­nica su propia vida. Todo lo bueno, bello y noble que hay en los hom­bres y en el mundo proviene de esa poderosa raíz, pascual, que le devuelve su vitalidad —su coherencia— a lo humano.

            Injertándose en nues­tras vidas por los sa­cra­men­tos, a los cristianos nos asocia directa­mente a su propia mi­sión de infor­mar y de vivificar al mundo en la verdad y en el amor.

En lo más íntimo de su vida sacrificada, despojado en nuestras manos, el Hijo del Hombre acom­paña —encauzándola— la tragedia humana: en agonía que se alivia cada vez que, unidos a su misterio, aprendemos a mirar con sus ojos, y a llamarlo por su nombre.


http://www.vatican.va/archive/ESL0022/_P17.HTM#2FI