jueves, 8 de abril de 2010

6.4. Aleluya por esa gente


Los que tienen y nunca se olvidan
que a otros les falta.
Los que nunca usaron la fuerza
sino la razón.
Los que dan una mano y ayudan
a los que han caído.
Esa gente es feliz porque
vive muy cerca de Dios.

Los que ponen en todas las cosas
amor y justicia.
Los que nunca sembraron el odio,
tampoco el dolor.
Los que dan y no piensan jamás
en su recompensa.
Esa gente es feliz porque
vive muy cerca de Dios.

¡Aleluya!  ¡Aleluya!
Por esa gente que vive y
que siente en su vida el amor.

Los que son generosos y
dan de su pan un pedazo.
Los que siempre trabajan pensando
en un mundo mejor.
Los que están liberados
de todas sus ambiciones.
Esa gente es feliz porque
vive muy cerca de Dios.

¡Aleluya!  ¡Aleluya!
Por esa gente que vive y
que siente en su vida el amor.


            Todo hombre re­suelve el llamado de Dios me­diante la elec­ción de una actitud consciente y perso­nal en relación al manda­miento del amor.


            Si aún no conocen el nombre de Dios, presienten seguram­ente su rostro quienes reconocen una realidad superior a sí mismos, que los incita a ser justos y miseri­cor­diosos, sin que la emoción ceda al fanatismo o al prejuicio, al egoísmo o al orgullo, permitiendo que la razón —bien enfocada— reine.

            Dios está muy cerca, impulsando y alentando, a todos los que viven y sienten en su vida el amor.  Así cooperan con Él, en ese orden admirable que Él ha establecido, que despierta nuestra alabanza.

            El esfuerzo generoso que está implícito en esta acti­tud los eleva hasta el Señor; los une a Él, asocián­dolos a su sacrificio: por los méritos de su Iglesia Santa, aunque nunca llegasen a saberlo.