Nada me hacía feliz; nada me daba alegría.
Yo simplemente viví mirando pasar la vida.
Pero la luz renació cuando aquel día,
posaste —como un gorrión— tu mano sobre la mía.
Cuando te vi se llenó mi corazón de alegría,
¡porque contigo aprendí mil cosas que no sabía!
Yo que pensaba que nunca llegarías,
de pronto todo cambió como la noche y el día.
Ahora sé que el amor es la razón de la vida.
Hasta que no te encontré, te juro que no sabía
que hasta en las cosas pequeñas hay poesía:
porque se empieza a mirar de otra manera la vida.
Ahora empiezo a sentir que
nuestro amor es el sol res plandeciendo en primavera;
es el aroma perfumado del cerezo;
es la noche que se adorna con estrellas.
Es el aire. Es el vino.
Nuestro amor es la quietud,
la dulce quietud de un niño dormido.
Ahora empiezo a sentir que todo se justifica;
¡para llegar a tu amor sangré por tantas heridas!
Pero valía la pena, porque el día que te encontré
mi dolor se transformó en alegría.
Los aplausos y el bienestar material que había logrado no lo hacían feliz. La vida le parecía monótona y vacía.
El sueño central de su alma, que demoraba en rea li zarse, opacaba todo como una ilusión contra esperanza.
Cuando ella aparece, tan dulce y tan cierta, en ese pa no rama de expecta tivas firmes y difusas, las revela y las colma: como si tuviera nuevos ojos para mirar la vida, se le aclara su sentido y el valor de los detalles.
Porque rebasa lo sensible, el amor genera la confianza sin sombras del niño que duerme.
Su determinación para no desistir nunca de su ideal ni devaluarlo transforma lo negativo en positivo: es su mismo dolor que cambia de signo y se con vierte en alegría.